
El humilde, sin dudas. Porque el póker es absolutamente resultados dependiente. Las victorias morales no cuentan, sólo los saldos de caja en el largo aliento.
Steve Danneman era un contador cuya experiencia principal en el póker había sido juntarse a jugar periódicamente con sus amigos una noche a la semana. Ni él mismo lo podía creer cuando se encontró disputando la mesa final de la WSOP del 2005 y de la que finalmente terminó en segunda posición. En situaciones en las que se sentía en aprietos había sacado, en varias oportunidades, un papelito del que leía en voz alta una serie de promesas que se había hecho y que repetía para asegurarse no desobedecer ni olvidar. La primera de ellas rezaba: “Ante todo, divertirse”.
¿No es, acaso, obvio que todos aquellos que se aproximan al póker lo hacen por diversión? Sería ridículo pretender hallar a un solo jugador de póker que no se divierta en una mesa o que al menos esa no haya sido su intención original al sentarse. Pero, por sobre todas las cosas, no hay razones para pensar que los resultados tengan que ver con el grado de divertimento que estén experimentando los participantes. Es más, me atrevería a decir que los que mejor lo pasan -si se excluyen sus resultados- son los que peor juegan: acostumbran entrar en gran cantidad de manos y dan mucha acción. Es lo que todos entendemos por pasarla bien cuando se juega póker. Empecemos por el interrogante planteado. Su formulación sería lícita -divertirse es muy fácil-, si esta regla hubiera sido propuesta al principio, o sea, previamente a las que ya tratamos. Pero da la casualidad de que está ubicada en 6º lugar. La incorporación de reglas ha seguido, hasta el momento, un orden cronológico. Jugar ajustado y agresivo, luego adquirir experiencia y, por supuesto, en las mesas adecuadas. Mientras tanto, no vino mal escuchar a otros players.



